[aelia_currency_selector_widget widget_type="dropdown|buttons"]
Seleccionar página

Una alergia es un rechazo inmunológico a una determinada sustancia que se considera nociva para el propio organismo, cuando esto no debería ser así. Nuestro sistema inmune posee una memoria prodigiosa, de ahí que, una vez que ha catalogado al enemigo, reaccione con rapidez a cualquier incursión que éste realice secretando anticuerpos específicos. Esta hipersensibilidad define la alergia.

Se catalogan tres tipos de alergias: respiratorias, alimentarias y dermatológicas, según el sistema del organismo al que afecten. Las alergias respiratorias más comunes, incluyendo la fiebre del heno o rinitis alérgica estacional, la rinitis alérgica perenne y el asma. De todas formas no puede hacerse una división clara ya que, por ejemplo, en el origen del eczema o dermatitis atópica del bebé puede hallarse una alergia a un determinado alimento, lo mismo que en el asma del niño de 6 a 12 años. Es decir, que las causas y efectos de los tipos de alergia se hayan muy interrelacionadas.

En su manifestación sobre la piel: eccemas o dermatitis atópica (inflamación, enrojecimiento, picor y sequedad), angiodemas (hinchazón por acumulación de agua). En su manifestación a nivel digestivo: vómitos, diarrea, dolor abdominal, etc. y sobre el sistema respiratorio, estornudos, goteo nasal, tos y dificultad respiratoria.

Alergia e intolerancia no son lo mismo, aunque pueden confundirse. Una alergia es una reacción anormal de nuestro sistema inmunitario a lo que él considera como un “alérgeno”. Una intolerancia es una incapacidad de nuestro organismo de absorber y metabolizar una sustancia, sin que medie en ello el sistema inmune. El ejemplo clásico lo hallamos con la leche de vaca. Se puede ser alérgico a ella, especialmente a sus proteínas, o se puede ser intolerante, en este caso no tenemos una enzima que nos permite desdoblar un hidrato de carbono concreto, la lactosa.

Se ha demostrado que el estrés favorece la reacción alérgica. Algunos autores lo achacan a la mayor emisión de adrenalina que disminuye la irrigación sanguínea en el sistema digestivo, reduciendo con ello la capacidad de digestión de los diversos alimentos.

No sólo existe la alergia al polen, entre otros alérgenos inhalados responsables de una manifestación alérgica se hallan también el polvo, los hongos, el moho, las heces de las cucarachas, los pelos, plumas y escamas de los animales, además del tabaco, la polución y el consumo de determinados alimentos.

Casi todos los casos de asma tienen un origen alérgico. Pueden provocarla los mismos alérgenos relacionados con la rinitis alérgica, como los ácaros del polvo o el polen.

Generalmente se inicia en la infancia a partir de los 6 años.

El asma se caracteriza por tos, silbidos en el pecho, opresión torácica y dificultad de respirar, sobre todo durante la noche y la madrugada.

La conjuntivitis puede tener un origen alérgico, de hecho es también uno de los síntomas asociados a la rinitis alérgica estacional o fiebre del heno, provocada por los pólenes. Otros son los estornudos, la congestión nasal, el goteo de nariz e incluso, la faringitis.

Un goteo constante en la nariz podría tratarse de una rinitis alérgica perenne, es decir que no está relacionada con la primavera o el verano como ocurre con la fiebre del heno. De todas formas sólo el especialista puede dar un diagnóstico correcto con las pruebas cutáneas necesarias. Consulta con tu médico.

Se ha constatado en numerosos estudios que han identificado las alergias alimentarias como factores desencadenantes del asma o de la fiebre del heno. Los aditivos alimentarios también pueden desencadenar crisis alérgicas.

La reactividad cruzada se basa en el hecho de que las sustancias alérgenas están presentes de forma igual o similar en varias plantas y frutos. Por ejemplo, los pólenes de abedul y artemisa comparten alérgenos con verduras y plantas como el apio, zanahoria, la patata y el pepino. El kiwi presenta la reactividad cruzada con el látex.

Los colorantes amarillo-anaranjados como la tartracina se relacionan con fenomenos alérgicos como urticarias y asma. También pueden provocar alergias los conservantes y los saborizantes como los nitritos, nitratos, benzoatos o el glutamato monosódico (el síndrome del restaurante chino).

Tratamientos naturales.

Existen plantas que pueden prevenir la respuesta alérgica, para la fiebre del heno se puede se utiliza especialmente el helicriso o sol de oro, que estimula la producción de corticoides propios por parte del organismo. Se suele asociar con el pino marítimo de acción antihistamínica. En casos de extrema se usa la raíz de bardana, la fumaria, el cardo mariano y el diente de león como plantas depurativas que posibilitan un labor más eficaz del hígado.

Para el tratamiento del asma las plantas útiles serían:

Para relajar los espasmos, facilitar la expulsión de mucosidades y suavizar el aparato respiratorio, se suelen recomendar plantas como la drosera y la lobelia que se combinan en jarabes con el zumo de manzana y de limón. Como tratamiento general se da la combinación de fumaria, sol de oro o pino marítimo.

Los oligominerales que pueden ser efectivos para el tratamiento del asma son principalmente el manganeso y la asociación manganeso-cobre. Se toma una ampolla al día en tratamientos de varios meses. Consulta con un terapeuta.

Una infusión efectiva para el tratamiento de la rinitis alérgica sería la siguiente:

Fumaria (35%), llantén (25 %) eucalipto (20%) y espliego (20%). la primera es antihistamínica y reduce la inflamación, el llantén contiene mucilagos suavizantes, el eucalipto es antiséptico y el espliego calmante.

Para el eccema es bueno tomar infusiones depurativas ya que al mejorar la acción desintoxicante del hígado, la piel expresa esta mayor limpieza interior. Una buena receta es un 40% de diente de león 40% de fumaria y un 20% de raíz bardada.

El aloe vera se recomienda en las manifestaciones alérgicas en general tanto las que afectan al aparato respiratorio como a la piel.